miércoles, 26 de diciembre de 2012

Aficionados en el recuerdo: Tenerife (4)

Como decía Alejandro Dumas en El conde de Montecristo, “los amigos que hemos perdido no reposan en la tierra: están encerrados en nuestro corazón”.
Hoy vamos a detenernos en dos grandes aficiones tinerfeñas: las de Güímar y Garachico, que protagonizaron unas grandes temporadas en los años 80 y 90, y además transcurridas en una concordia excepcional.


En esta primera foto vemos al presidente de Garachico durante aquellos años, Filiberto López. A su lado está Antonio Miguel, que soltaba muy bien y con mucha deportividad los gallos de la Isla Baja. Y como siempre, por el Norte, tenemos a Eduardo Pérez Ascanio. Entre el público, sentados, detectamos a Álvaro Tapia, a don Alonso Lecuona y, fumando un puro, al bodeguero de Santa Úrsula Genaro Martín, quien todos los años otorgaba un trofeo y que aún vive, con ochenta y pico de años. Lugar: el patio del cuartel de San Agustín, en La Orotava.
Filiberto López era uno de los muchos médicos que han sido aficionados a los gallos. Vivía en Icod de los Vinos, y de Cuba se trajo gallos “campanarios”. En el año de la liguilla entre Garachico, el Norte, Güímar y La Espuela, que ganó Garachico, Florencio Hernández le peleó unos gallos tremendos, que admiraron al propio Toño “el Rebotallo”, cuidador del Norte a la sazón. Una rápida enfermedad lo victimó, perdiendo así la pequeña afición de aquella zona a uno de sus mejores representantes.


Garachico ha tenido tres finos cuidadores, pertenecientes a generaciones sucesivas: Antonio Salud, Carmelo Acosta y Florencio Hernández. Aquí vemos a Salud con Carmelo. Salud era un hombre muy alto, siendo un espectáculo verlo correr los gallos. Como cuidador, en cambio, fue desigual, y era famosa su maleta, siempre preparada para marcharse de la casa de gallos cuando las cosas no le gustaban, lo que hizo algunas veces. Pero sabía de gallos, y en Garachico era incuestionable. Lo recuerdo perfectamente en el convento de San Francisco, donde me lo presentó una vez en las escalinatas de la entrada Antonio “el Crusantero”, quien en seguida se puso a bromear con él, un hombre poco dado a sonreír. Fue un gran aficionado, desde la infancia hasta sus últimos longevos años.


Natural de La Orotava, Manuel Martín Regalado formaba parte de la Peña Ucanca junto a su primo Manuel Luis Regalado y a Modesto Torrens (hijo). No fallaba a ninguna pelea, acompañado muchas veces de su hija Alicia, un encanto, y una verdadera muchacha del campo, de las que ya no hay. Manolo, como le llamábamos, estaba siempre de buen humor, y presto para hacer cualquier favor. Era una de esas personas que nos sorprenden por no tener ninguna doblez. También se lo llevó una enfermedad rápida, cuando solo tenía 63 años.
En esta foto lo vemos a la izquierda. Lugar: un guachinche de Santa Úrsula, con los típicos manteles de hule. Acompañantes, de izquierda a derecha: Pancho Almeida, con quien estar era una fiesta; Manuel Luis, tan polemista como campechano y buen amigo; Alberto Plasencia, el jefe, siempre inteligente y ojo avizor; “Naranjito”, un taxista que se unió un par de temporadas a la claque de esta profesión muy amante de los gallos; Tomás Hernández “Cho Pío”, forofo del Norte que transige menos con las “modernizaciones” que yo mismo; y Tomás Luis, un puntal, el hombre clave del cuerpo de taxistas tinerfeños, siempre sereno al volante o sin él.
Son momentos como los que retrata esta foto los que merecen vivirse, muy lejos de las ambiciones y las mezquindades que envenenan la vida. Y muchos momentos de estos vivimos con nuestro siempre recordado amigo Manuel Martín Regalado.


Ya que estamos hablando de taxistas, aquí tenemos a uno de los verdaderos maestros: Julio Castellano, que era de Güímar aunque su afición iba también para La Espuela. Hombre alto, de voz ronca, que parecía levantar un temporal, pero que en el fondo era todo simpatía. En el “Diccionario” destaco en él que fue también un maestro de amistades, y nombro a Pablo Amador, Emilio de la Cruz y Alfredo Martín, en cuya gallera de El Agujero saqué precisamente esta fotografía, con un gallino que no quería salir en el retrato. Julio Castellano criaba también sus gallos, y su afición la ha continuado su hijo Julio, otro gran amigo, que contribuye mucho a darle ambiente a las peleas con su vozarrón que también no es sino la expresión de un corazón enorme, como el de su padre.


Esta es la única foto que tengo donde aparece Eusebio Mora, a quien yo asocio a Güímar porque allí le vi pelear unos gallos soberbios, sobre todo cuando cuidaba Jorge Benítez, que es uno de los cuidadores a quien mejor partido he visto sacar de los gallos verdaderamente finos. Pero Eusebio Mora tuvo también muchos gallos muy buenos en La Espuela, en cuya gallera se hizo esta foto. Era un hombre serio, reservado, inteligente, buen conversador. Él es el cuarto por la derecha, de pie, y a su lado aparecen por la izquierda, Juan Díaz, Agapito Ramos y los hermanos Anselmo y Luis Sánchez, y por la derecha, Felipe López, Julián Castillo y José Antonio Pulido. Agachados, Né, Eusebio Luzardo, Francisco Martín, Manuel Espejo, Jorge Benítez y, con el gallo, Chicho Morales (no identifico al último). Esto fue cuando una visita a la gallera de Julián, y la foto apareció en las crónicas que en “Jornada” hacía José Antonio, hijo de don Horacio Pulido.


Conozco amantes de la música canaria en la isla de Gran Canaria que consideraban a Dacio Ferrera la mejor voz de la música de las islas. Poco puedo añadir a este reportaje aparecido el 18 de febrero de 2007 en el periódico tinerfeño La Opinión, ya que a Dacio Ferrera no llegué a tratarlo, porque no se dieron las circunstancias. Eso sí, me llamaba mucho la atención ver a una estrella como él no solo asistiendo a las peleas con bastante regularidad, sino incluso participando en el juego de las apuestas. Era una persona conocida y estimada por la afición gallística, y de su gusto por las peleas da cuenta el propio reportaje, que hace caso omiso de la vergüenza que para este Archipiélago ha significado el hecho de que una de sus más bellas y antiguas costumbres haya pasado a ser “mal vista”. El anatema que los políticos de turno hicieron caer sobre nuestros gallos no hizo mella alguna en Dacio Ferrera, hombre de bien, que merece por ello ser siempre recordado entre nosotros. Yo lo seguiré viendo en medio de la afición, levantando su voz de oro para apostar al giro o al colorado, en el Bar Carnaval de Arafo o en el viejo cine de Güímar: Dacio Ferrera, un gallo fino, valiente, de pura sangre canaria.


Esta foto la saqué en la gallera de Güímar cuando cuidaba Joel Bethencourt. A su derecha aparece Gonzalo Alberto, el alma mater del partido, y a su izquierda vemos a Luis Armas, Antonio Jorge (“el Cenizo”) y de nuevo Alberto Plasencia. Luis Armas fue ayudante en Güímar varios años, con diversos galleros. Hombre humilde, murió joven, y lo recordamos aquí porque hay que reconocer la labor de brega que en las casas de gallos han hecho trabajadores modestos como él.
Cerraremos estas evocaciones tinerfeñas con tres grandes cuidadores que me honraron con su amistad: Pablo Amador, Álvaro Tapia y Jorge Benítez.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Rafael el soltador: un aficionado inolvidable


¿Qué aficionados antiguos nos quedan, que aún sigan interesados en los gallos? Los que pueden hablarnos de las peleas de los años 30 y 40 ya podemos contarlos con los dedos de una mano.
El primero de ellos es Alejo Yánez en Gran Canaria, que es el patriarca de la afición, con 96 años, y que andaba por las galleras de su isla ya en la década de los años 30, cuando incluso aparecen gallos a su nombre en los programas del Cuyás. No solo es una memoria viva de las peleas en Gran Canaria, sino en Lanzarote, donde fue cuidador siempre recordado por sus dotes y por su bonhomía.
En Gran Canaria está también Julián Castillo, quien por su parte puede hablarnos no solo de los gallos en esa isla sino de las peleas antiguas en Santa Cruz de La Palma, de donde es natural y donde fue ayudante juvenil y luego cuidador.
Si pasamos a La Palma, tenemos a Totoño, otro de los grandes, y, como Alejo y Julián, un memorión de tomo y lomo. Aún va a las peleas, en gran parte porque en su área geográfica es donde la calidad del espectáculo más se ha mantenido.
En Tenerife, Orlando Dorta ya hace años que no va a los gallos, y su salud está muy mermada. Pero es el único ser viviente que puede resucitar en todo su esplendor las grandes temporadas del Cuyás en los años 30 –cima de la afición gallística canaria, por no decir mundial– y las cuatro no menos sensacionales temporadas en que se enfrentaron “el Músico” y su discípulo, Pepe Palmero, o sea los mejores artistas de la cuida gallística que ha tenido Canarias. Como Totoño y Julián, Orlando es además un conocedor excepcional de los casteos y su complicada genealogía. Cualquiera de ellos se acuerda de los gallos de bandera que ha habido como si los estuvieran viendo ahora mismo.
Más joven que ellos es Eduardo Pérez de Ascanio, pero su afición nació podemos decir que en la infancia, y así, pudo codearse con los grandes casteadores clásicos no solo tinerfeños sino también grancanarios (Villegas, Hernández López, don Ramón Rodríguez). Y quien quiera oír hablar de los “duelos” entre “el Músico” y “el Boyero”, sobre todo los de primeros años 50, tiene que recurrir a Antonio “el Crusantero”, que vive en la Calendaria del Lomo (La Orotava), entre viñas y bodegas. Pero con estos aficionados ya hemos pasado a fines de los 40 y a la década de los 50, y ahí surgen ya muchos nombres: Vicente Sosa, Antonio “el Morrocollo”, Francisco Martín Cabrera, Emilio de la Cruz, Juan Rodríguez Drincourt, etc.
Es por todo ello que resulta una pérdida irreparable la desaparición de un hombre como Rafael Hernández Martín, más conocido como Rafael el soltador, si no fuera porque además era una persona cautivadora, muy sencilla, con mucho sentido del humor, siempre bien dispuesto, bromeando sin nunca la menor malicia, y dejando bromear a los demás.
La última vez que quise hablar con él por teléfono ya no me oía bien, y era para una consulta sobre por qué se interrumpieron las riñas entre Tazacorte y Los Llanos en 1954, y por algunas temporadas. Sí se que hubo hasta bastonazos entre los directivos. Hace unos días nos daban como argumento a favor de las espuelas plásticas que así no se darían los problemas que se han dado con las naturales, y que han llevado hasta la suspensión de contratas, pero por esa regla de tres quitemos también a las directivas, a los soltadores (esto ya lo han hecho algunos), a los cuidadores (ídem), etc. Demos ya el paso hacia los campeonatos de casteadores solamente, y punto.
En esta y otras cuestiones, lo más curioso es que, teniendo como tenemos las batallas hace tiempo perdidas, nuestros puntos de vista levanten tanta hostilidad, como si no se aceptara ninguna discrepancia de la opinión dominante. Aquí solo se aplaude si está uno de acuerdo con todo y con todos.
Pero esto nos lleva por otros derroteros. Hoy lo que hemos querido es, por una parte, recordar a nuestro entrañable Rafael Hernández, con quien tantas buenas horas compartimos y a quien vemos aquí tras un ágape en Puerto Espínola (acompañado aquel día de dos de sus mejores amigos, Roberto el cuidador y José Luis Melquiades), a la vez que llamar la atención acerca de los sabios y venerables aficionados que aún tenemos, y que merecen todo nuestro respeto, afecto y admiración.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Afición lagunera


Varias veces hemos hablado de la buena afición que aún hay a los gallos en la ciudad de La Laguna, una de las capitales gallísticas del Archipiélago desde hace siglos. Por la zona de la Manzanilla, cría los gallos muy bien el casteador de La Espuela Eduardo Fernández de la Puente, a quien visitamos periódicamente para admirar sus ejemplares y departir un rato de nuestra afición, partiendo luego hacia algún templo vinícola del Norte o de la cordillera de Anaga, espacios que además él conoce muy bien por su labor activa, o sea útil y no de gabinete, en los servicios de Protección Civil. Bellísimos melados, colorados y giros, entre ellos algunos veteranos con varias antorchas, se muestran allí ufanos y saludables.
En esta foto, lo acompaña otro de los puntales de la afición lagunera, que desde hace ya no pocas décadas no falta a una pelea: Pepe Amador, persona que, como Eduardo, es todo franqueza y entusiasmo, y que ostenta en su apellido sus créditos gallísticos, al ser familia del cuidador Pablo Amador, uno de los grandes entre los grandes. Añadamos que sus hijos también van con frecuencia a los gallos, como animosa claque de La Espuela. Y así se perpetúa la afición lagunera, una afición que, aunque mermada con respecto a eras anteriores, nunca podrá morir.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Una mantilla del “Músico” a su discípulo Domingo Prieto


El único discípulo de Pancho que logró ganarle fue Pepe Palmero en 1948, pero Pancho le ganó las otras tres veces en que se enfrentaron. A “Pola Vieja” le dio una cuerada en 1961, y ahora, en 1965, se la da a Domingo Prieto. Con Julián nunca se enfrentó.
No quería “el Músico” que apareciera su nombre en el programa, así que no constan los nombres de los cuidadores. El corredor era Anastasio, que aquí, cuando ya no era un muchacho, pudo aprender lo que luego sabría de gallos, aunque no fue un cuidador tan fino como los discípulos citados de Pancho.
En esta jornada y en la siguiente, Pancho ganó por mantilla, resolviendo así la temporada. Obsérvese que, gracias al apunte de don Florencio González, sabemos que el melado de don Eduardo Pérez de Ascanio traía de la temporada anterior nada menos que 5 peleas. Su otro melado ya reñido venía a nombre de Tomás León Sánchez, o sea el gran cuidador palmero “Maso”, siempre tan gratamente recordado por los aficionados. Otro dato curioso de esta temporada, y que este programa registra, es que Domingo Hernández Luis tuvo gallos en ambas galleras, y de mucha calidad. Quizás los tuvo también en el Norte, su partido, que esta temporada solo celebró unas cuantas jornadas con San Cristóbal.
La Espuela no debía andar bien de gallos, porque los dos primeros se huyeron, y eso que el gallino de Marcelino había ganado 3 riñas. Solo el giro de Casañas y Asdrúbal escapó de la quema.
Es una pena no tener los programas de las peleas de San Cristóbal con San José que se celebraron a final de temporada, porque fueron el canto del cisne del “Músico”. El 17 de junio, en el Viana, ganó por mantilla rabona, y tres días después, en Las Palmas, por capote. Por tanto, Pancho sopló su fliscorno gallístico por última vez, potente y afinadísimo, el 20 de junio de 1965 en el Circo Cuyás de sus tiempos más dorados. ¡No podía pedir más!